No hay luz sin fuego

Juan Carlos Sosa Azpúrua


No me resigno a aceptar al gobierno ilegítimo de Chávez. El 11-A el pueblo ejerció su derecho y obligación a la rebelión, consagrados en el artículo 350 de la constitución nacional. El soberano sacó al presidente del poder por corrupto y por ser responsable directo de las matanzas de dicho día. Con mis propios ojos observé como la Guardia de Honor del presidente disparaba sin pudor a la muchedumbre pacífica. Presencié como, a 10 metros de distancia de donde me encontraba, un inocente ciudadano se desplomaba, sin vida, asesinado por los guardianes de Chávez. Fui testigo de cómo francotiradores, apostados en los edificios que rodean al Calvario, disparaban cada vez que los Guardias de “Honor” (deshonor), escondidos en la entrada del metro, recargaban sus fusiles, haciéndoles retaguardia, en un acto de complicidad criminal. Solamente cuando una bomba lacrimógena estalló a medio metro de mí humanidad, tuve que retirarme, casi desmallado, con el alma hecha trizas, el corazón destrozado. Esto sucedía mientras Chávez aparecía en cadena nacional, después de tumbar la señal de los canales privados en Mecedores, diciendo que no pasaba nada, que las imágenes mostradas eran un vulgar montaje de la oposición escuálida. Lo que pasó después, todos lo conocemos y mal servicio prestaría en repetirlo.

Es prioritario que el país se recupere de la pesadilla de volver a tener en el poder a este régimen asesino. No se puede negociar ni aceptar rectificaciones, en el supuesto negado de que eso fuera posible. Con asesinos no se negocia, a los asesinos se les juzga y se les condena. Es increíble que se esté hablando de Comisión por la Verdad, traer funcionarios internacionales, debatir en la AN y pedir cambios de gabinete, cuando en la silla principal, no en la eléctrica sino en la presidencial, se sienta el que durante tres años alimentó el odio, la división de clases y la mezquindad que nos llevó al 11-A y, para colmos, no detuvo a su guardia cuando sabía que ésta asesinaba al pueblo. Para resolver cualquier asunto que todavía esté en entredicho, es condición imperativa que se haga justicia y ésta empieza por sacar a Chávez de Miraflores, ordenar su detención inmediata como presunto autor intelectual de las principales matanzas de abril y convocar a elecciones lo más pronto posible.

Seguramente algunos dirán, con serenidad, que con actitudes calientes uno no saca nada. A ellos respondo (recordando a Rómulo) como Don Miguel de Unamuno: " es que no vamos a sacar, sino a meter, a enfresar nuestra alma en la de los que la tienen dormida, o acaso muerta, y que viva allí, y allí, hecha como óleo, arda y alumbre. Que no hay luz sin fuego".

 

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