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El Nuevo País - 17 de abril de 2002
Patricia Poleo


**A Ortega lo dejaron en su casa***Cecilia Sosa advirtió sobre los errores jurídicos***Todo el poder para Isaac Pérez***Isaac Pérez desesperado se fué del país.
Amaneciendo...

Amaneciendo el viernes, todo el país se sintió confundido al ver en la televisión a un Presidente de la República llamado Pedro Carmona Estanga que ofrecía una rueda de prensa, escoltado por el Alto Mando Militar, pero sin Caros Ortega a su lado. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba la otra cara de la moneda, la fundamental, la que acreditaba la naturaleza popular del movimiento basado en el Artículo 350?. Las imágenes mostraban el primer anillo de seguridad del nuevo presidente, conformado por jóvenes de aspecto caucásico, armados hasta los dientes y vestidos de camuflaje. Evidentemente, no eran militares. Uno de ellos, el que protegía directamente la espalda de Carmona, es uno de los empleados de mayor confianza de Isaac Pérez en su empresa de seguridad.


Pantomima en Palacio
Carlos Ortega vio toda la escena desde su casa. No hubo más contactos ni intentos de sentarse a conversar con él por parte de Pedro Carmona. Las ONGs nunca fueron llamadas. A los medios de comunicación se les llamó cuando ya Carmona y su equipo estaban asentados en Miraflores (por cierto que algunos mostraron una torpe avidez en esa rara asamblea donde esta reportera advirtió que hilaban en el aire, porque al régimen le quedaban dos horas de vida ... en la práctica fueron cinco). A media mañana del viernes 12, ya Ortega estaba reunido con el Comité Ejecutivo de la CTV explicándoles su no participación y posición frente al golpe. Luego declaró ante el país como lo que siempre había sido: el presidente de la Confederación de Trabajadores de Venezuela. El grupo de Carmona ya había tomado a Miraflores. Por allí paseaba Allan Brewer Carías. Cecilia Sosa intentaba hacerle ver a Daniel Romero la cantidad de errores jurídicos y constitucionales que se estaban cometiendo con los decretos que se leerían más tarde. Romero asumió la total responsabilídad y dijo una frase histórica, de prócer: -¡Eso se queda como está!. Horas más tarde se efectuaba el acto de juramentación.
Carmona acompañado por su esposa y su hijo. Daniel Romero, traje Armani, corbata Sulka pinchada por perla de tamaño heroico, pelo peinado con mousse, fue la emblemática imagen que condujo el acto. En el paneo que hacía la televisión de los asistentes al acto no había caras conocidas. Isaac Pérez y Daniel Romero habían llenado el foro con sus amistades más cercanas y la línea media de sus empresas. De relleno estaban los eternos buscapuestos, parte del folklore. Con la lectura de cada decreto, una euforia de los presentes arrancaba a Romero una sonrisa de satisfacción. Carmona le coreaba con gestos impropios que sorprendían a los televidentes. Lo más celebrado por la fauna asistente fue el nuevo cambio de nombre del país y la eliminación de la Asamblea Nacional, este último el menos sostenible jurídicamente, como Cecilia Sosa trató de hacerles ver, ganándose la sonrisa despectiva de Brewer y las groserías de Romero. Nadie parecía darse cuenta de que en vez de una partida de nacimiento, Romero leía la sentencia de muerte de un gobiernillo. La pregunta era quién tomaría el juramento a Carmona. El nuevo Presidente se levantó de su asiento y tomó con la mano derecha un papel con la inscripción del juramento. Levantó su mano izquierda y se autoproclamó. Después vinieron a firmar el acta los personajes que supuestamente representarían a todos los sectores de la sociedad. José Curiel representando a los partidos políticos, que se habían retirado del acto, y el buen Miguel Ángel Martínez a los medios de comunicación, daban cuenta de un absoluto desconocimiento de la realidad.


Todo el poder para Isaac
El nombramiento del ministro de la Defensa fue lo primero que hizo temblar a los cuarteles. Se suponía que el cargo era para el comandante del Ejército, Efraín Vásquez Velazco, no sólo por su posición en el momento de la salida de Hugo Chávez del poder, sino por su antigüedad y definitivamente porque la clave de un golpe es el Ejército. El ministerio de Finanzas fue entregado a Leopoldo Martínez, joven prospecto del stud Lauría. En una reunión previa al paro en la que se afinaban los acuerdos, Isaac Pérez le había dicho a Ortega, dentro del mejor estilo del nuevo régimen:-Yo tengo ya al ministro de Finanzas: ¡Leopoldo Martínez! Primero Justicia, partido al que representa Leopoldo Martínez en el parlamento, no estuvo nunca de acuerdo con que él participara, y de forma interna, lo excluyeron de la organización, con duros cuestionamientos sobre la utilización que estaba haciendo del partido. A Primero Justicia no le dio tiempo de manifestar públicamente que Leopoldo Martínez no formaba parte del gabinete en su representación, pero dirigentes de ese partido sí se lo habían comunicado a esta periodista diez días antes del golpe. Todos los ministros de Carmona fueron nombrados por lsaac Pérez, mezclando a sus gerentes con militantes del Opus Dei y algún representante de negocios asociados. Pero no sólo eso. Apenas amaneció el viernes, Isaac, junto con Marcos Sánchez, se fue hasta la Disip y ordenó que les extendieran credenciales de comisarios generales. Después escogió un contingente de funcionarios para organizar operativos de captura y seguimiento. El funcionario a cargo, William Oropeza, se asesoró con ofíciales de inteligencia, quienes le recomendaron que no le entregara funcionarios a Isaac Pérez.


Las últimas horas
El viernes en la noche, el general Raúl Baduel, comandante de los paracaidistas, manifestó su rechazo al gobierno dictatorial que había instaurado Pedro Carmona Estanga. Los detalles de cómo se le volteó a Carmona la Fuerza Armada Nacional los daré en la columna de mañana. Antes de Baduel, los periodistas Rafael Poleo, Teodoro Petkoff y esta columnista, citados en orden cronológico de su pronunciamiento, expusimos en diferentes medios de comunicación las razones por las cuales considerábamos al nuevo régimen ilegítimo y no representativo, augurando su brevedad. El sábado en la mañana, un vocero de Pedro Carmona me llamó para citarme a Miraflores, pues el Presidente quería hablar conmigo. El ambiente que encontré en el Palacio fue el de un reparto de los cargos. El único de los ministros nombrados el día anterior que parecía tener los pies puestos sobre la tierra era José Rodríguez Iturbe, el Canciller, quién dijo: "Aquí estamos, a la expectativa". El resto mostraba la euforia del triunfo que ya en la calle se sentía precario. Un funcionario del chavismo me había advertido telefónicamente en la mañana: "No salgas de tu casa. Ellos creen que tienen el control y no es así. No queremos esto. Hoy tomamos nuevamente el país". El sábado en la mañana, todos los propietarios de medios se reunieron con Carmona. Le expresaron la voluntad general de apoyarlo a sacar el país adelante con la condición de que rectificara los decretos anticonstitucionales y convocara a Carlos Ortega a una reunión, para que el país se diera cuenta de que los trabajadores no estaban excluidos. Gustavo Cisneros fue el encargado de llamar a Carlos Ortega, quien se encontraba en Falcón, para hacerlo regresar a Caracas a reunirse con Carmona. Ortega ya estaba decidido a no participar de ese gobierno y declinó la oferta de reunirse con el Presidente. A pesar de ello, le enviaron un avión privado que Ortega nunca abordó. En esa reunión, Carmona le ofreció a esta periodista la jefatura de la OCI. Es decir, el manejo de la información del Gobierno. Por cierto que esto provocó un furioso disgusto en Alberto Federico Ravell, experto en el área. Sólo me permitieron hablar dos minutos, durante los cuales logré dejar establecido mi absoluto rechazo a ese o cualquier otro cargo. Le señalé varios de los errores que se habían cometido, aparte de los obvios que en ese acto ya habían sido enumerados por Marcel Granier, en nombre de todos los asistentes. Mientras tanto, afuera, las bandas chavistas estaban a punto de tomar el Palacio. Todas las guarniciones estaban levantándose. El ministro de la Defensa, como si recordara en ese momento algo importante, le comentó a los propietarios de medios que Baduel quería dar una rueda de prensa y les insinuó no transmitirla ni publicarla. Miguel Henrique Otero, director de El Nacional, le recordó al ministro que él había sido acusado por Hugo Chávez de obligar a los periodistas a mentir, lo cual no fue cierto en aquella oportunidad ni lo sería ahora:-No pretendo controlar a mis periodistas, que son verdaderos profesionales. No lo haría nunca. Esta periodista le recordó a todos los presentes que aunque la televisión venezolana no transmitiera los hechos, los canales internacionales sí lo harían. Sorpresivamente, alguien replicó: "No importa. A CNN sólo lo ve un grupito de personas". Mientras tanto, el ministro de la Defensa, vicealmirante Héctor Ramírez Pérez, se movía nerviosísimo para cumplirle entonces, con dos días de atraso, el compromiso que habían hecho con Chávez de enviarlo al exterior. No hubo finalmente acuerdo sobre la autocensura propuesta por el régimen. Todos salieron corriendo del Palacio, citándose para una reunión en la tarde, a la que exigían invitar a Carlos Ortega. En las afueras de Miraflores, ya los chavistas se contaban por centenares que se abalanzaban sobre los carros de los propietarios de medios que salían en fila, uno tras otro. Carmona fue sacado de su oficina y llevado hasta el lugar donde la misma guardia de palacio, siempre leal a Chávez, le detendría. Dentro de Miraflores era imposible no escuchar los gritos de quienes afuera clamaban por el regreso de Hugo Chávez. Cuando los manifestantes empezaban a llegar, Isaac Pérez, que además e experto en seguridad, gritaba desesperado a escoltas que le acercaran el carro para salir de allí. Fue directo hasta el aeropuerto, tomó un avión y se fue del país. Mientras tanto, Daniel Romero, quien esperaba para ser juramentado Procurador General de la República, aseguraba: "¡Aquí no ha pasado nada, nosotros tenemos el control. Seguimos siendo gobierno!".

 

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